lunes, 13 de febrero de 2012

De cómo mi primo civilizó a unos campistas aficionados


Mi primoncio Juanfer demostró su buen gusto vacacional cuando decidió acompañarme en mi ruta por Mallorca durante la última de semana de trabajo que me quedaba en las islas.  La primera noche decidimos dormir haciendo camping en el único espacio habilitado para ello en la isla.  Nos perdimos mil y una veces, y pasamos un miedo avergonzante, con carreteras desiertas llenas de cabras fantasmagóricas, albergues abandonados con espíritus dentro, y cosas por el estilo que contaré en otra Mariada. 
Casi a medianoche encontramos el área de acampada, y al no tener luz en ella, decidimos montar la tienda de campaña junto a una farola en el exterior, y luego transportarla dentro.  En eso estábamos, cansados y extenuados por todo el día de curro, cuando apareció un grupo de chavales achispados que volvían de juerga e iban a hacer cámping por primera vez en su vida.  Como seres civilizados que éramos, esto es, no en estado etílico, les ayudamos a montar su tienda.  Y después, por fin, movimos la nuestra hasta la zona en la que habíamos decidido dormir dentro del camping.
Yo estaba agotada, así que creo que caí como un tronco nada más echarme, pero por lo visto mi primo siguió desvelado.  Hasta ahí nada relevante para mí.   Pero a media noche, los medio juramentos de Juan me sacaron abruptamente de mi sueño, y me dio el tiempo justo para verle salir de la tienda y dirigirse a la nada, con un discurso en voz cabreada y a duras penas contenida acerca de las normas que rigen un camping, o lo que es lo mismo, el CIVISMO (y lo recalco porque fue la palabra triunfadora de la noche) que debe imperar entre los campistas.  Dicho lo cual, volvió a meterse en la tienda.  Yo estaba totalmente estupefacta.  
A esto siguieron unos segundos de silencio total en la noche y entre nosotros, mientras yo intentaba procesar medio dormida lo que acababa de pasar; y en el mismo momento en el que iba a preguntarle de qué iba todo aquello, oí unas risas de fondo:  “Civismo….jjijijijijji…. Civismo dice, jijijijijijiji…..”
Durante los primeros cinco minutos no reaccioné, mientras mi primo se revolvía en su saco repitiendo cabreado “y encima se ríen!!!”…  finalmente en la tienda de al lado explotaron, y directamente nos llegaron carcajadas monumentales con intentos de imitación del discursito ofendido de mi primo.  Empecé a reirme con ellos, sin poder evitarlo, y al final incluso Juan se rió. Y menos mal que reaccionó con humor, porque la cosa no paró hasta pasado un buen rato.  Por supuesto, los que no habían dejado dormir hasta entonces a mi primo ni a medio cámping eran los borrachillos a los que habíamos ayudado a montar la tienda, que como pago y agradecimiento habían decidido ponerse justo al lado nuestro en el cámping, y regalarnos la noche con su juerga etílica.  Y con una gran imitación de mi primo y sus opiniones acerca de la convivencia campista!

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