En febrero de 2010 empecé a
trabajar en Aranjuez en el control arqueológico de una obra. Mis tios, que son super generosos, me alojaron
en su casa en Madrid durante el mes largo que iba a durar el trabajo. El primer día de curro, me reuní con mis
nuevos compis y la jefa en las oficinas, y desde ahí fuimos en una furgo
alquilada hasta la obra. Nos dieron los
uniformes, el material, y me dejaron la Partner como vehículo a mi
disposición. Hasta allí, todo correcto. Incluso guay.
Terminada la jornada, debía regresar
a Madrid. Hay que especificar que yo
NUNCA había conducido por Madrid antes. Y
que mis conocimientos circulatorios acerca de la ciudad se basaban en el
metro. Así que el jefe de obra, increíblemente
amable para ser jefe de obra, me dejó su gps personal y me lancé a la aventura de
llegar a casa de mis tios. Hasta allí,
el día seguía pintando bien.
He conducido muchos tipos de
coches a lo largo de mis años de curro, pero nunca había tenido una furgo como
esa. Así que no conocía demasiado bien
los controles del bicho, por así decir.
Y además iba centrada en el gps, que como descubrí después de perderme
miserablemente por la ciudad, llevaba como dos años sin actualizar; y además
tenía que lidiar con los demás conductores aborígenes de Madrid, que desde
luego ni son lentos, ni necesitan huecos para adelantarte, ni tampoco entienden
de distancia de seguridad. A todo esto
hay que añadir que como ese año tenía oposiciones, y poco tiempo para estudiar,
iba escuchando en el coche un cd vergonzante con los temas de las opos grabados por mí
misma. En fin.
Con este panorama, hacía hora y
media de reloj que había entrado en lo que se considera Madrid, y aún no había
conseguido llegar a casa de mis tios.
Daba vueltas como una peonza alrededor de la calle donde vivían, pero no
alcanzaba a llegar hasta ella. En un
momento dado accedí a una de esas mega avenidas de tres carriles en cada lado,
me situé en el de en medio… ¡y se me encendió una bombilla! De repente tenía
claro dónde estaba, y cómo llegar a casa: seguir la avenida hasta esa esquina,
girar, y voilà!.
Pero en ese momento un pitido
agudo sonó desde el volante. Eché un vistazo
rápido al cuadro de mandos, busqué el piloto del aceite, la temperatura, pero estaba todo
correcto. Nada de lo que
preocuparse. El semáforo se puso en
verde, embragué, metí la marcha, pisé el acelerador… y la furgo empezó a
avanzar a trompicones, con rugidos intercalados que dejaban claro que el motor
no estaba de buen humor. El coche se
caló, todos los madrileños que a las ocho de la tarde volvían hartos de la vida a sus casas empezaron a pitarme, y yo ahí en medio, a trescientos
metros de la esquina de la casa de mis tios…
Arranqué como pude y avancé a trompicones, dejando que la furgo se calara y avanzara
unos metros, arrancando y calando, arrancando y calando... De esta manera conseguí llegar hasta la
mismísima puerta del garaje de mis tios, y allí dejé el coche medio metido. Es decir, prueba superada: dos horas y media después de
haber salido de Aranjuez, con un gps anticuado, sin conocer Madrid, con un
modelo de furgo que nunca antes había conducido, y sin una gota de gasolina en
el depósito, había llegado a casa!!!
No hay comentarios:
Publicar un comentario