En el verano del 2005 yo estaba convencida de que en la parte más elevada del monte de
Luesia existía una necrópolis medieval.
Así que me asesoré bien acerca de cómo llegar hasta el sitio, y una
tarde de verano decidí ir a explorarla con dos de mis primos “mayores”. Y cuando recalco lo de “mayores” es porque
este calificativo suele implicar “con gran sentido común”.
De entrada, decidimos internarnos
por las pistas forestales de Luesia a eso de las seis de la tarde, una hora perfecta para ir al monte, como todos saben. Mis primos con sus aparejos de pesca, que era
su única motivación para acompañarme, y yo con mi cámara de fotos para
inmortalizar mi super hallazgo arqueológico.
Hacía tres días exactos que me habían regalado la C15, así que montamos en
ella, y conduje hasta Pigalo (a 8 kilómetros de pista forestal del pueblo); y
desde allí seguimos monte arriba camino de Marigüarilla (a otros 8 kilómetros
de Pigalo, aproximadamente, en la cima de un monte). Cuando prácticamente estábamos en el punto de
llegada, se encendió el piloto del aceite de la C15. A este hecho siguió una discusión acerca de
si era un simple “contacto”, o si realmente podía ser algo serio. Así que continuamos unos cuantos cientos de
metros hasta que finalmente el más focalizado de mis primos, Teté, dijo:”
cuando se enciende el aceite hay que parar sí o sí”. Y eso hicimos.
Y menos mal, porque pudimos
constatar cómo detrás nuestro habíamos dejado un reguero de aceite que marcaba
nuestro camino como si fuéramos Pulgarcito.
Y por supuesto, ya eran casi las siete de la tarde, a dieciséis kilómetros
de la civilización, en un monte sin cobertura.
Mis piernas ya estaban temblando cuando mi otro primo, Julio, se hizo
cargo de la situación y decidió que lo mejor era apartar del camino la
furgoneta y bajar andando a Pigalo a por ayuda.
Y eso hicimos, sólo que cuando llevábamos diez minutos de camino, se me
encendió la chispa y les pregunté: “¿tenía que haber cogido algo importante del
coche?”; mis primos se quedaron pensativos, y de repente Teté volvió corriendo
hasta la C15 y rescató los aparejos de pesca.
Ni agua, ni comida, ni por supuesto los papeles del coche para el
seguro, etc. NO. Aparejos de pesca, por si alguien los roba,
como bien dijo Teté. Yo, confiada en la sabiduría
de mis primos mayores, ni rechisté, a pesar de que me pareció extraño que hubiera ladrones especializados en cañas de pescar en lo alto de un monte perdido de la humanidad. Y
comenzamos el descenso ya en serio.
A medio camino paramos a tomar
fotos de la piedra culpable de la rotura del cárter de mi C15, y por tanto de la
fuga de aceite. Y seguimos caminando
tranquilamente soltando teorías de cabecitas pensantes acerca del futuro del
coche, lo imprevisible de la avería, etc.
Por supuesto, ninguno tuvimos en cuenta la hora, ni tampoco la
velocidad, así que para cuando comenzó a anochecer, todavía nos faltaba un buen
trecho hasta Pigalo. Y en Pigalo, que
nosotros supiéramos, nuestra única posibilidad de transporte era Pascual, que
por aquel entonces llevaba el bar del cámping y que volvía al pueblo
puntualmente a las ocho de la tarde. Así
que no nos quedó más remedio que echarnos a correr, y descendimos el resto del
monte como locos, para llegar a Pigalo justo en el momento en
el que el coche de Pascual enfilaba el camino hacia Luesia. Mi primo Teté esprintó gritando en un amago
salvador, y Pascual, a pesar de nuestras pintas, paró. Porque la estampa era de, con los últimos
vestigios de luz, tres locos corriendo y agitando los brazos como si no
estuviéramos bien de la cabeza.
Al día siguiente, una vez
aguantada la bronca de mi padre, la bronca del chico del seguro por no poder
darle ni la matrícula de la furgo, y la bronca de señor del taller por tener
que mandar una grúa especial todoterreno, rescaté la C15 de las montañas de
Luesia donde había encallado. Y decidí
que a partir de ese momento no volvería a confiar en el buen juicio de mis
primos mayores para sacarme de apuros!!
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