martes, 7 de febrero de 2012

Rescatando aparejos de pesca


En el verano del 2005 yo estaba convencida  de que en la parte más elevada del monte de Luesia existía una necrópolis medieval.  Así que me asesoré bien acerca de cómo llegar hasta el sitio, y una tarde de verano decidí ir a explorarla con dos de mis primos “mayores”.  Y cuando recalco lo de “mayores” es porque este calificativo suele implicar “con gran sentido común”.
De entrada, decidimos internarnos por las pistas forestales de Luesia a eso de las seis de la tarde, una hora perfecta para ir al monte, como todos saben.  Mis primos con sus aparejos de pesca, que era su única motivación para acompañarme, y yo con mi cámara de fotos para inmortalizar mi super hallazgo arqueológico.  Hacía tres días exactos que me habían regalado la C15, así que montamos en ella, y conduje hasta Pigalo (a 8 kilómetros de pista forestal del pueblo); y desde allí seguimos monte arriba camino de Marigüarilla (a otros 8 kilómetros de Pigalo, aproximadamente, en la cima de un monte).  Cuando prácticamente estábamos en el punto de llegada, se encendió el piloto del aceite de la C15.  A este hecho siguió una discusión acerca de si era un simple “contacto”, o si realmente podía ser algo serio.  Así que continuamos unos cuantos cientos de metros hasta que finalmente el más focalizado de mis primos, Teté, dijo:” cuando se enciende el aceite hay que parar sí o sí”.  Y eso hicimos.
Y menos mal, porque pudimos constatar cómo detrás nuestro habíamos dejado un reguero de aceite que marcaba nuestro camino como si fuéramos Pulgarcito.  Y por supuesto, ya eran casi las siete de la tarde, a dieciséis kilómetros de la civilización, en un monte sin cobertura.  Mis piernas ya estaban temblando cuando mi otro primo, Julio, se hizo cargo de la situación y decidió que lo mejor era apartar del camino la furgoneta y bajar andando a Pigalo a por ayuda.  Y eso hicimos, sólo que cuando llevábamos diez minutos de camino, se me encendió la chispa y les pregunté: “¿tenía que haber cogido algo importante del coche?”; mis primos se quedaron pensativos, y de repente Teté volvió corriendo hasta la C15 y rescató los aparejos de pesca.  Ni agua, ni comida, ni por supuesto los papeles del coche para el seguro, etc.  NO.  Aparejos de pesca, por si alguien los roba, como bien dijo Teté.  Yo, confiada en la sabiduría de mis primos mayores, ni rechisté, a pesar de que me pareció extraño que hubiera ladrones especializados en cañas de pescar en lo alto de un monte perdido de la humanidad.  Y comenzamos el descenso ya en serio.
A medio camino paramos a tomar fotos de la piedra culpable de la rotura del cárter de mi C15, y por tanto de la fuga de aceite.  Y seguimos caminando tranquilamente soltando teorías de cabecitas pensantes acerca del futuro del coche, lo imprevisible de la avería, etc.  Por supuesto, ninguno tuvimos en cuenta la hora, ni tampoco la velocidad, así que para cuando comenzó a anochecer, todavía nos faltaba un buen trecho hasta Pigalo.  Y en Pigalo, que nosotros supiéramos, nuestra única posibilidad de transporte era Pascual, que por aquel entonces llevaba el bar del cámping y que volvía al pueblo puntualmente a las ocho de la tarde.  Así que no nos quedó más remedio que echarnos a correr, y descendimos el resto del monte como  locos,  para llegar a Pigalo justo en el momento en el que el coche de Pascual enfilaba el camino hacia Luesia.  Mi primo Teté esprintó gritando en un amago salvador, y Pascual, a pesar de nuestras pintas, paró.  Porque la estampa era de, con los últimos vestigios de luz, tres locos corriendo y agitando los brazos como si no estuviéramos bien de la cabeza.
Al día siguiente, una vez aguantada la bronca de mi padre, la bronca del chico del seguro por no poder darle ni la matrícula de la furgo, y la bronca de señor del taller por tener que mandar una grúa especial todoterreno, rescaté la C15 de las montañas de Luesia donde había encallado.  Y decidí que a partir de ese momento no volvería a confiar en el buen juicio de mis primos mayores para sacarme de apuros!!

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