La primavera de 2010 estuve
trabajando con mi colega Marieta en un seguimiento arqueológico de una obra
cercana a Zaragoza. Pasábamos todo el
día en el campo, prácticamente viviendo dentro de una furgo que nuestra jefa
nos había alquilado. La única condición
que nos exigía era limpiar la carrocería de vez en cuando, y a cambio teníamos
total disponibilidad del coche para hacer carreras, trompos, dejarlo atravesado
en el barro, colocarnos a base de fumigar moscas con todo cerrado, o atropellar
corzos despistados.
Un viernes cualquiera decidimos
lavar la furgo, e innovamos buscando un sitio nuevo para hacerlo. Elegimos uno de esos carros de autolavado que
suelen estar en las afueras de los polígonos.
En concreto, éste se encontraba junto a los grandes ventanales de un
concesionario de coches pijos.
Llegamos al sitio, y estudié a
conciencia, como conductora habitual de la furgo, cómo colocar el cacharro
dentro del carro. Este detalle es
importante, porque de normal tienes que llevar el coche hasta un tope, y a
partir de ese tope la máquina sola mueve el coche hasta los felpudos que hacen
las veces de estropajos enjabonados. Al
menos, así funciona en todo el planeta
tierra. Menos en ese autolavado.
Coloqué el coche en el tope que
aparentaba hacer las veces de tope, y mi compañera se bajó para echar las
monedas en la máquina. Automáticamente,
observamos estupefactas cómo, a dos metros de distancia, las bobinas empezaban
a dar vueltas, a soltar jabón, agua, y aire sin sentido, y allí ningún aparato
hacía amago de llevar la furgo hasta esa especie de lavavajillas. Cinco euros que costó lavar el aire, y cinco
minutos de nuestro tiempo que perdimos en observar incrédulas a las bobinas
jabonosas en cuestión! Cuando la máquina
terminó, aún estupefactas, nos miramos sin entender nada, y mi compañera dijo,
avergonzada: “menos mal que no lo ha visto nadie”… sólo que sí nos había visto alguien. Por detrás de su hombro visualicé al momento
a un hombre que, desde el escaparate del concesionario, estaba a punto de morir
de un ataque de risa después de ver nuestra hazaña. Ni que decir tiene que en lo que restó de
trabajo, evitamos volver a pasar por delante de ese concesionario! Y esta es la historia de cómo regalar cinco
euros al cutre que se había ahorrado instalar el carro para coches en el autolavado.
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