lunes, 6 de febrero de 2012

Lavando el aire


La primavera de 2010 estuve trabajando con mi colega Marieta en un seguimiento arqueológico de una obra cercana a Zaragoza.  Pasábamos todo el día en el campo, prácticamente viviendo dentro de una furgo que nuestra jefa nos había alquilado.  La única condición que nos exigía era limpiar la carrocería de vez en cuando, y a cambio teníamos total disponibilidad del coche para hacer carreras, trompos, dejarlo atravesado en el barro, colocarnos a base de fumigar moscas con todo cerrado, o atropellar corzos despistados. 
Un viernes cualquiera decidimos lavar la furgo, e innovamos buscando un sitio nuevo para hacerlo.  Elegimos uno de esos carros de autolavado que suelen estar en las afueras de los polígonos.  En concreto, éste se encontraba junto a los grandes ventanales de un concesionario de coches pijos. 
Llegamos al sitio, y estudié a conciencia, como conductora habitual de la furgo, cómo colocar el cacharro dentro del carro.  Este detalle es importante, porque de normal tienes que llevar el coche hasta un tope, y a partir de ese tope la máquina sola mueve el coche hasta los felpudos que hacen las veces de estropajos enjabonados.  Al menos,  así funciona en todo el planeta tierra.  Menos en ese autolavado.
Coloqué el coche en el tope que aparentaba hacer las veces de tope, y mi compañera se bajó para echar las monedas en la máquina.  Automáticamente, observamos estupefactas cómo, a dos metros de distancia, las bobinas empezaban a dar vueltas, a soltar jabón, agua, y aire sin sentido, y allí ningún aparato hacía amago de llevar la furgo hasta esa especie de lavavajillas.  Cinco euros que costó lavar el aire, y cinco minutos de nuestro tiempo que perdimos en observar incrédulas a las bobinas jabonosas en cuestión!  Cuando la máquina terminó, aún estupefactas, nos miramos sin entender nada, y mi compañera dijo, avergonzada: “menos mal que no lo ha visto nadie”…  sólo que sí nos había visto alguien.  Por detrás de su hombro visualicé al momento a un hombre que, desde el escaparate del concesionario, estaba a punto de morir de un ataque de risa después de ver nuestra hazaña.  Ni que decir tiene que en lo que restó de trabajo, evitamos volver a pasar por delante de ese concesionario!  Y esta es la historia de cómo regalar cinco euros al cutre que se había ahorrado instalar el carro para coches en el autolavado.

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