La mariada que voy a contar
ocurrió una noche de cena cualquiera con mis amiguetas de Luesia. Sólo que esta vez la quedada era en Zaragoza,
en un día áspero del invierno. Después
de cenar por el centro debíamos encontrarnos con la parte masculina de la peña,
en la zona universitaria de la ciudad, algo lejos de nuestro restaurante. Por aquel entonces de todas las amigas sólo
yo tenía coche, mi destartalada pero esforzada c15, auto silencioso de hacía
veinte años, como se podía leer en una pegatina descolorida que tenía en su
portón.
Por aquel
entonces mi parking particular en Zaragoza eran las inmediaciones de la Plaza
de los Sitios, y allí tenía aparcada mi c15 esa noche de cena. Cerca de la medianoche nos montamos todas en la
furgo, conmigo al frente, para acudir donde estaban los chicos esperándonos. Mis amigas iban todas un poco alocadas, gritando
y haciendo el tonto, y debo admitir que
iba más pendiente de ellas que de la conducción… pero de madrugada por Zaragoza no es que haya
mucho tráfico, no? De repente, la más
centrada de mis amigas, Vicky, me grita: pero que esta calle es dirección
prohibida!!! Automáticamente todas empezaron a alarmarse, y el nivel de aullidos dentro de la furgoneta
alcanzó máximos históricos mientras yo, como conductora eficiente que soy,
evaluaba la situación. Decidí que se
trataba de una calle de un solo carril, corta, y sin mayor trascendencia, por
lo que con tranquilidad les acallé diciendo: Tranquilas, que la calle se acaba
enseguida.
Aún hoy sigo sin entender cómo
con esa simple frase conseguí que enmudecieran todas de golpe, y tampoco
comprenderé nunca que me mirasen como si fuera un gato con tres patas… A fin de
cuentas yo tenía razón, y la calle en dirección prohibida se acabó antes de que
ningún coche viniera de frenteJ
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