Dentro de mi periplo por
Baleares, recalé en Ibiza unos días para seguir catalogando arqueologadas. Una de ellas, la cueva de Ses Fontanelles, se
ubicaba en la pared de un acantilado al que se llegaba subiendo y bajando una
montaña, con una serie de casas dispersas en su cima, y pinares repartidos por
sus laderas, con pistas forestales en mal estado como único acceso.
Así que un mediodía caluroso de
julio dejé mi coche aparcado en la base de la montaña, y me dispuse a subir
andando a la montaña para, desde allí, bajar a Ses Fontanelles. No llevaba ni cinco minutos caminando, con mi
bikini y mi camiseta larga como único atuendo, cuando un camión pequeño con
material de construcción pasó y paró a mi lado.
El chófer me indicó desde la cabina que la cima de la montaña estaba a más
de una hora de caminata cuesta arriba, y se ofreció a acercarme con el
camión. Y, a pesar de las
recomendaciones que tooodaaaa la vida oímos de nuestros padres, de nuestros
maestros, de nuestros monitores de campamento…
me subí al camión con un conductor que dejaba a la altura del barro a
Torrente, y con una cabina repleta de fotos de mujeres desnudas y banderas de
España. Al momento me arrepentí y empecé
a inventarme una historia en la que ficticios compañeros mios de trabajo me
estaban esperando a una hora concreta a dos kilómetros del lugar, para
demostrar que no era una imprudente alocada más a la que raptar
y asesinar detrás de un matorral. El
camionero se limitaba a mirarme como si fuera una extraterrestre con verborrea, y a los quince minutos de viaje me
dejó en la cima de la montaña, y se desvió hacia algunas casas dispersas donde
debía de estar trabajando.
Todavía algo taquicárdica, pero felicitándome por haber salido ilesa, empecé
a caminar hacia un pinar cercano, siguiendo una pista que según el camionero
torrentuno debía conducirme a Ses Fontanelles.
No me había alejado mucho cuando pasó un coche a toda velocidad (por
esas pistas!!), con cuatro chicos bastante colgados y prácticamente sin ropa dentro. Frenaron en seco a mi lado, y me preguntaron
en medio portugués, medio castellano, si el camino tenía salida.
Pensé rápidamente que lo mejor era decir que no la tenía, para que no
tomaran ese camino y así no me dieran problemas… sólo que su reacción ante mi negativa fue
tremenda. Uno de ellos empezó a gritar a
los otros en portugués, se bajó del coche, abrió el maletero y empezó a tirar
todo su contenido por la pista, pegando patadas al coche totalmente fuera de
sí. Los demás hicieron amago de largarse
con el coche, pero recularon rápidamente, se bajaron, y comenzaron a discutir
violentamente entre ellos. Yo, como buena
superviviente, estaba mimetizada con el tronco de un pino sin atreverme a
moverme, y a la primera oportunidad me largué caminando lentamente hacia atrás, como hacen los gatos
cuando quieren tener al enemigo controlado, y volví a la zona de las casas.
Llegados a ese punto, tenía ya
claro que Ibiza era una isla de locos, que ese día no era el mejor de mi vida,
y que Ses Fontanelles igual no merecía mucho la pena. Además, estaba sin cobertura, el mediodía
había pasado y ya eran las dos de la tarde, a pleno sol y sin agua, en la cima
de una montaña perdida de la mano de dios, con camioneros babosos y portugueses
fumados. Decidí largarme.
Pero justo entonces ví, en un claro cercano,
a un grupo de gente joven atendiendo a un señor, en lo que parecía ser una
charla cabal. Así que me acerqué con la
esperanza de que mi indicaran cómo llegar a mi destino, y me ofrecieran algo de
consuelo y agua… pero cuando llegué
hasta ellos comencé a sospechar que mi día sólo estaba empeorando… Era un grupo de unos quince chicos jóvenes,
vestidos de negro, que escuchaban atentamente a un señor mayor de barba blanca, todo él vestido de ibicenco, que, con marcado acento extranjero, les hablaba
mientras observaba el cielo a través de una regla escolar de plástico barato
de treinta centímetros. Les miré
totalmente flipada, sin creer del todo mi mala suerte, pero aún así fui tan
incauta como para hablarles… al
principio siguieron mirando al señor de blanco y a la regla como si yo fuera
transparente, pero ante mi insistencia uno de ellos se dignó a indicarme que
para ir a Ses Fontanelles tenía que ir por el camino donde estaban todavía
discutiendo los portugueses. Le expliqué
débilmente que me habían asustado con su bronca, y les pedí si podía quedarme
con ellos hasta que los fumados se largaran…
y el tio se rió, y me dijo que no, que con ellos no me podía quedar, y
que los otros solo estaban teniendo una discusión pasional sin importancia.
En ese punto exploté. Mi móvil no tenía cobertura, no tenía agua,
me estaba insolando, y sentía como si en dos horas me hubiera jugado la vida
mil veces, primero por imprudencia mia con el Torrente del camión; luego con
los pirados pasionales del coche; y por último, encontrándome con una especie
de Secta de la Regla de antipáticos personajes…. Me dí la vuelta y comencé a descender la
montaña a toda velocidad, intentando mandar sms diciendo mi posición a todos
aquellos que conocía que estuvieran en Ibiza en ese momento, por si finalmente
ese día era mi día y desaparecía de la faz de la tierra. Que al menos alguien supiera dónde había
estado por última vez!!!
Pero superé la prueba. Llegué al coche, bebí agua, y me volví a la
casa donde me hospedaba esos días con mi prima, y decidí que Nunca Mais!!! El resto del día lo pasé respondiendo sms de los que habían recibido mi mensaje de auxilio para explicar que sí, que seguía viva;)
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