sábado, 4 de febrero de 2012

Del laurel que no se supo apartar a tiempo...

Una mañana calurosa de Agosto en Luesia.  Salgo como cada día de ese verano a dar una vuelta con mi recién estrenada c15 de quinta mano.  Hace poco tiempo que la tengo, y necesito practicar la conducción sin servofreno ni dirección asistida para hacerme a la innovación técnica puntera de mi furgoneta.  Al pasar por el observatorio del Paseo Marítimo veo a mis amigas comiendo pipas, con cara de aburrimiento.  Paro para saludarles, y este acto tan simple acaba traduciéndose en un viaje colectivo en c15 a Ejea, sólo por matar el tiempo y echar un café.  Todo va de maravilla, y a la vuelta vamos en el coche cantando eufóricas con la cinta de cassette de los años 60 que he heredado con la furgo: somos Vicky de Zacarías, Chuchús, Marta de Puyal del Pintón, Cristina de casa Gallego y yo.  Llegamos a Luesia, y voy directa a aparcar al Portal, único espacio en el pueblo donde tengo libertad para maniobrar mientras aprendo a aparcar con una c15 de veinte años.  Observamos la placeta entre todas, y decidimos que el mejor sitio es justo delante del laurel, en el mirador hacia el pedregal, al lado de la casa de Luci.  Me dirijo hacia el arbusto, casi árbol de tan alto, con tacto y maestría.   Casi llegando a la planta freno… sólo que la furgoneta no me hace caso y continua avanzando lentamente, atropellando al laurel que se comba y va desapareciendo debajo del coche.  Tiro del freno de mano, pego patadas al freno de pie, intento girar sin éxito, mientras escucho de fondo a todas mis amigas gritando como locas: ¡frena! ¡Frena!...  el laurel ya ha desaparecido engullido por la c15 y seguimos lentas pero imparables directas hacia el muro que nos separa del pedregal…  y en ese momento escucho entre todos los gritos frenéticos la voz de Chuchús que berrea: ¡embraga! ¡¡¡Embraga!!!  Naturalmente, en el momento en que pisé el embrague la c15 se detuvo obediente.  Nos miramos unas a otras, y todavía con cara de susto di marcha atrás…  poco a poco el laurel volvió a emerger de debajo del coche, hasta quedar erguido y coleando, como si nunca hubiera sufrido ningún daño.  Terminé de aparcar, nos bajamos del coche, y después de constatar la ausencia de testigos de tan ignominioso atropello, nos largamos del Portal corriendo.

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