sábado, 4 de febrero de 2012
Pilarín y las bolsas de la compra
Vuelvo a casa tras una larga jornada de
trabajo en Uncastillo. Aparco el coche
en Plazeta Fino, y me abrigo todo lo que puedo para hacer el recorrido hasta
casa. Son las ocho de la tarde, ya noche
cerrada, y el vaho sale de mi boca con cada respiración. Atardecer de invierno luesiano. Engancho entre los dedos las bolsas de la
compra que he hecho en el sabeco de Uncastillo, y comienzo a bajar la cuesta
del club social. Mentalmente repaso la
compra que he dejado por hacer, y que mañana compraré en Pilarín: huevos,
leche, azúcar, sal… La conversación de
unas mujeres al final de la cuesta me devuelve a la realidad, y reconozco la
voz de Pilarín; de repente, un pánico irracional me envuelve: ¿se molestará
Pilarín si me ve con compras de otro sitio? Sin pensarlo dos veces, me giro y
subo corriendo la cuesta, cargada de bolsas y con la bufanda arrastrando, hasta
parapetarme detrás de un muro de piedra en lo alto de la misma. Espero resollando unos momentos, y me río de
mí misma y de la tontería que acabo de hacer. Vuelvo a bajar la cuesta lentamente; Pilarín y las vecinas seguramente ya se han ido de la calle. Justo cuando me asomo a la esquina, observo a Pilarín de espaldas colocando los tablones que cierran el escaparate de la tienda… sin darme opción a pensar, vuelvo a subir corriendo la cuesta, y me escondo arriba de nuevo. Esta vez ya pienso seriamente que necesito un psiquiatra, y respiro aliviada, ya que al menos nadie ha sido testigo de mis carreras. Pero justo entonces me llega una voz desde atrás, deletreando lentamente: ¿María Dolores, se puede saber que estás haciendo?? Me giro y ahí está, apoyado contra el ábside de la iglesia, observando todos mis movimientos, la última persona que esperaba ver a esas horas en Plazeta Fino: Juan de Feliciana!! Me veo a mí misma desde su perspectiva: forrada con bufanda, guantes, gorro, abrigo, a las ocho de la tarde corriendo por la cuesta arriba y abajo, arrastrando conmigo cinco bolsas de la compra llenas hasta los bordes. Y rompo a reír. Como puedo, le explico mis apuros, y le pido que vaya a comprobar que no haya moros en la costa para así poder irme a casa y olvidar el asunto. Juan baja la cuesta, no sin antes darme un discurso acerca de mi poco sentido, y le observo atenta desde mi escondite. Me hace señas desde abajo, todo despejado. De repente, justo cuando ya estoy a mitad de cuesta, vemos la sombra de Pilarín cruzando la calle… ¡¡y Juan echa a correr cuesta arriba!!! Sin resuello le sigo y nos escondemos los dos detrás del muro, hasta que Pilarín desaparece por la calle. Esperamos unos momentos mientras nos reponemos del esfuerzo, y sin mirarnos, con la máxima dignidad posible, nos vamos a casa. Nos despedimos en mi puerta, un seco “hasta luego”, mientras imagino el cerebro avergonzado de Juan intentando por todos los medios borrar lo que acaba de pasar… Sin embargo, creo que la vergüenza de Juan de Feliciana y la mía propia pueden contarse en este número de la Carracla como homenaje a Pilarín, que se jubila este año y cierra así su tienda y el servicio que nos ha dado al pueblo.
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