miércoles, 15 de febrero de 2012

De cuando me dieron el premio a la mejor conductora de Madrid


En febrero de 2010 empecé a trabajar en Aranjuez en el control arqueológico de una obra.  Mis tios, que son super generosos, me alojaron en su casa en Madrid durante el mes largo que iba a durar el trabajo.  El primer día de curro, me reuní con mis nuevos compis y la jefa en las oficinas, y desde ahí fuimos en una furgo alquilada hasta la obra.  Nos dieron los uniformes, el material, y me dejaron la Partner como vehículo a mi disposición.  Hasta allí, todo correcto.  Incluso guay.
Terminada la jornada, debía regresar a Madrid.  Hay que especificar que yo NUNCA había conducido por Madrid antes.  Y que mis conocimientos circulatorios acerca de la ciudad se basaban en el metro.  Así que el jefe de obra, increíblemente amable para ser jefe de obra, me dejó su gps personal y me lancé a la aventura de llegar a casa de mis tios.  Hasta allí, el día seguía pintando bien.
He conducido muchos tipos de coches a lo largo de mis años de curro, pero nunca había tenido una furgo como esa.  Así que no conocía demasiado bien los controles del bicho, por así decir.  Y además iba centrada en el gps, que como descubrí después de perderme miserablemente por la ciudad, llevaba como dos años sin actualizar; y además tenía que lidiar con los demás conductores aborígenes de Madrid, que desde luego ni son lentos, ni necesitan huecos para adelantarte, ni tampoco entienden de distancia de seguridad.  A todo esto hay que añadir que como ese año tenía oposiciones, y poco tiempo para estudiar, iba escuchando en el coche un cd vergonzante con los temas  de las opos grabados por mí misma.   En fin.
Con este panorama, hacía hora y media de reloj que había entrado en lo que se considera Madrid, y aún no había conseguido llegar a casa de mis tios.  Daba vueltas como una peonza alrededor de la calle donde vivían, pero no alcanzaba a llegar hasta ella.  En un momento dado accedí a una de esas mega avenidas de tres carriles en cada lado, me situé en el de en medio… ¡y se me encendió una bombilla! De repente tenía claro dónde estaba, y cómo llegar a casa: seguir la avenida hasta esa esquina, girar, y voilà!. 
Pero en ese momento un pitido agudo sonó desde el volante.  Eché un vistazo rápido al cuadro de mandos, busqué el piloto del aceite, la temperatura, pero estaba todo correcto.  Nada de lo que preocuparse.  El semáforo se puso en verde, embragué, metí la marcha, pisé el acelerador… y la furgo empezó a avanzar a trompicones, con rugidos intercalados que dejaban claro que el motor no estaba de buen humor.  El coche se caló, todos los madrileños que a las ocho de la tarde volvían hartos de la vida a sus casas empezaron a pitarme, y yo ahí en medio, a trescientos metros de la esquina de la casa de mis tios…  Arranqué como pude y avancé a trompicones, dejando que  la furgo se calara y avanzara unos metros, arrancando y calando, arrancando y calando...  De esta manera conseguí llegar hasta la mismísima puerta del garaje de mis tios, y allí dejé el coche medio metido.  Es decir, prueba superada: dos horas y media después de haber salido de Aranjuez, con un gps anticuado, sin conocer Madrid, con un modelo de furgo que nunca antes había conducido, y sin una gota de gasolina en el depósito, había llegado a casa!!!

lunes, 13 de febrero de 2012

De cómo mi primo civilizó a unos campistas aficionados


Mi primoncio Juanfer demostró su buen gusto vacacional cuando decidió acompañarme en mi ruta por Mallorca durante la última de semana de trabajo que me quedaba en las islas.  La primera noche decidimos dormir haciendo camping en el único espacio habilitado para ello en la isla.  Nos perdimos mil y una veces, y pasamos un miedo avergonzante, con carreteras desiertas llenas de cabras fantasmagóricas, albergues abandonados con espíritus dentro, y cosas por el estilo que contaré en otra Mariada. 
Casi a medianoche encontramos el área de acampada, y al no tener luz en ella, decidimos montar la tienda de campaña junto a una farola en el exterior, y luego transportarla dentro.  En eso estábamos, cansados y extenuados por todo el día de curro, cuando apareció un grupo de chavales achispados que volvían de juerga e iban a hacer cámping por primera vez en su vida.  Como seres civilizados que éramos, esto es, no en estado etílico, les ayudamos a montar su tienda.  Y después, por fin, movimos la nuestra hasta la zona en la que habíamos decidido dormir dentro del camping.
Yo estaba agotada, así que creo que caí como un tronco nada más echarme, pero por lo visto mi primo siguió desvelado.  Hasta ahí nada relevante para mí.   Pero a media noche, los medio juramentos de Juan me sacaron abruptamente de mi sueño, y me dio el tiempo justo para verle salir de la tienda y dirigirse a la nada, con un discurso en voz cabreada y a duras penas contenida acerca de las normas que rigen un camping, o lo que es lo mismo, el CIVISMO (y lo recalco porque fue la palabra triunfadora de la noche) que debe imperar entre los campistas.  Dicho lo cual, volvió a meterse en la tienda.  Yo estaba totalmente estupefacta.  
A esto siguieron unos segundos de silencio total en la noche y entre nosotros, mientras yo intentaba procesar medio dormida lo que acababa de pasar; y en el mismo momento en el que iba a preguntarle de qué iba todo aquello, oí unas risas de fondo:  “Civismo….jjijijijijji…. Civismo dice, jijijijijijiji…..”
Durante los primeros cinco minutos no reaccioné, mientras mi primo se revolvía en su saco repitiendo cabreado “y encima se ríen!!!”…  finalmente en la tienda de al lado explotaron, y directamente nos llegaron carcajadas monumentales con intentos de imitación del discursito ofendido de mi primo.  Empecé a reirme con ellos, sin poder evitarlo, y al final incluso Juan se rió. Y menos mal que reaccionó con humor, porque la cosa no paró hasta pasado un buen rato.  Por supuesto, los que no habían dejado dormir hasta entonces a mi primo ni a medio cámping eran los borrachillos a los que habíamos ayudado a montar la tienda, que como pago y agradecimiento habían decidido ponerse justo al lado nuestro en el cámping, y regalarnos la noche con su juerga etílica.  Y con una gran imitación de mi primo y sus opiniones acerca de la convivencia campista!

miércoles, 8 de febrero de 2012

Del ataque tutsi y otras cosillas


Con un par de amigos de nuestros años jóvenes de carrera, Pardi y Helena, organizamos cada cierto tiempo cenitas basadas en el frikismo de la historia y en soltar tonterías varias.  Una de esas veces quedamos en mi casa, y aparte de cenar un super plato italiano con su buen vinito, vimos una peli tirados en el sofá.  Y no elegimos precisamente el mejor dvd para ver… “Hotel Ruanda”.  Me diréis, y con toda la razón, que por qué digo eso: es una peli muy buena, explica muy bien el conflicto utu y tutsi, sale Joaquin Phoenix muy guapo, etc, etc.  Sí, pero también salen machetes a porrillo por todas las esquinas, y nosotros estábamos en el salón de mi casa, de noche, y con una tormenta impresionante en la calle que había dejado sin luz al alumbrado público.  Vamos, que la sugestión nos pudo y estábamos los tres muertos de miedo.  Acojonados.  De hecho, cabría resaltar que el más aterrorizado allí era el único chico, Pardi, mientras que Helena y yo manteníamos a duras penas la compostura.  No nos levantamos ni al baño, por no movernos del reducto seguro que era el cuarto de estar, que consideramos libre de hachazos asesinos.
La peli terminó y sólo teníamos fuerzas para permanecer juntos en la misma habitación, con todas las luces encendidas, y víveres para sobrevivir a un asedio del holocausto caníbal; así que decidimos dar por concluido el encuentro.  Montamos en mi C15, ya que tenía que llevarles de vuelta a su casa.  Y fue una mala idea.  Todo el viaje por carretera lo pasamos sin saber bien por qué carril íbamos, ya que con tanta lluvia no se veían las líneas de la calzada.  No se veía ni a dos metros de distancia, de hecho.  Yo, por aquel entonces, no era la experta conductora que soy ahora, así que no sabía que con las ruedas mojadas cuesta un poco más frenar… No digamos con las ruedas empapadas y la carretera encharcada!! Nos libramos de milagro de varios choques múltiples propiciados por la lentitud de reacción del frenado de la C15.  
Con el corazón en un puño llegamos a Zaragoza, donde la situación era aún más caótica, y la visibilidad aún más escasa.  Nuestro destino era la Almozara, en la margen derecha…  pero sin saber bien cómo nos encontramos en la margen izquierda del Ebro, callejeando por el Arrabal, sin tener ninguna noción de cómo rectificar el camino.  De repente, visualicé el Puente de Piedra, y sin dudarlo un momento me lancé hacia él para cruzar al otro lado del río.  Ya sabía dónde estábamos, no nos habíamos chocado con nadie, no habíamos atropellado a ningún peatón incauto, y no había surgido de la parte trasera de la furgo ningún ruandés asesino con un machete gigante para descuartizarnos…  Nos entró la típica alegría nerviosa que sientes cuando has salido de un apuro por los pelos.  Y en ese momento el sonido de los cláxones de los taxistas de medio Zaragoza nos rodeó.  Por lo visto el Puente de Piedra es un racista discriminador, y sólo tiene el paso autorizado a buses y taxis.  Y eso no engloba a una C15, a pesar de encontrarse en medio de una situación de emergencia nacional!!!  Con la mayor pitada que he recibido en mi vida, llegué a mi casa sana y salva después de devolver a Pardi y Helena a sus casas.

martes, 7 de febrero de 2012

Rescatando aparejos de pesca


En el verano del 2005 yo estaba convencida  de que en la parte más elevada del monte de Luesia existía una necrópolis medieval.  Así que me asesoré bien acerca de cómo llegar hasta el sitio, y una tarde de verano decidí ir a explorarla con dos de mis primos “mayores”.  Y cuando recalco lo de “mayores” es porque este calificativo suele implicar “con gran sentido común”.
De entrada, decidimos internarnos por las pistas forestales de Luesia a eso de las seis de la tarde, una hora perfecta para ir al monte, como todos saben.  Mis primos con sus aparejos de pesca, que era su única motivación para acompañarme, y yo con mi cámara de fotos para inmortalizar mi super hallazgo arqueológico.  Hacía tres días exactos que me habían regalado la C15, así que montamos en ella, y conduje hasta Pigalo (a 8 kilómetros de pista forestal del pueblo); y desde allí seguimos monte arriba camino de Marigüarilla (a otros 8 kilómetros de Pigalo, aproximadamente, en la cima de un monte).  Cuando prácticamente estábamos en el punto de llegada, se encendió el piloto del aceite de la C15.  A este hecho siguió una discusión acerca de si era un simple “contacto”, o si realmente podía ser algo serio.  Así que continuamos unos cuantos cientos de metros hasta que finalmente el más focalizado de mis primos, Teté, dijo:” cuando se enciende el aceite hay que parar sí o sí”.  Y eso hicimos.
Y menos mal, porque pudimos constatar cómo detrás nuestro habíamos dejado un reguero de aceite que marcaba nuestro camino como si fuéramos Pulgarcito.  Y por supuesto, ya eran casi las siete de la tarde, a dieciséis kilómetros de la civilización, en un monte sin cobertura.  Mis piernas ya estaban temblando cuando mi otro primo, Julio, se hizo cargo de la situación y decidió que lo mejor era apartar del camino la furgoneta y bajar andando a Pigalo a por ayuda.  Y eso hicimos, sólo que cuando llevábamos diez minutos de camino, se me encendió la chispa y les pregunté: “¿tenía que haber cogido algo importante del coche?”; mis primos se quedaron pensativos, y de repente Teté volvió corriendo hasta la C15 y rescató los aparejos de pesca.  Ni agua, ni comida, ni por supuesto los papeles del coche para el seguro, etc.  NO.  Aparejos de pesca, por si alguien los roba, como bien dijo Teté.  Yo, confiada en la sabiduría de mis primos mayores, ni rechisté, a pesar de que me pareció extraño que hubiera ladrones especializados en cañas de pescar en lo alto de un monte perdido de la humanidad.  Y comenzamos el descenso ya en serio.
A medio camino paramos a tomar fotos de la piedra culpable de la rotura del cárter de mi C15, y por tanto de la fuga de aceite.  Y seguimos caminando tranquilamente soltando teorías de cabecitas pensantes acerca del futuro del coche, lo imprevisible de la avería, etc.  Por supuesto, ninguno tuvimos en cuenta la hora, ni tampoco la velocidad, así que para cuando comenzó a anochecer, todavía nos faltaba un buen trecho hasta Pigalo.  Y en Pigalo, que nosotros supiéramos, nuestra única posibilidad de transporte era Pascual, que por aquel entonces llevaba el bar del cámping y que volvía al pueblo puntualmente a las ocho de la tarde.  Así que no nos quedó más remedio que echarnos a correr, y descendimos el resto del monte como  locos,  para llegar a Pigalo justo en el momento en el que el coche de Pascual enfilaba el camino hacia Luesia.  Mi primo Teté esprintó gritando en un amago salvador, y Pascual, a pesar de nuestras pintas, paró.  Porque la estampa era de, con los últimos vestigios de luz, tres locos corriendo y agitando los brazos como si no estuviéramos bien de la cabeza.
Al día siguiente, una vez aguantada la bronca de mi padre, la bronca del chico del seguro por no poder darle ni la matrícula de la furgo, y la bronca de señor del taller por tener que mandar una grúa especial todoterreno, rescaté la C15 de las montañas de Luesia donde había encallado.  Y decidí que a partir de ese momento no volvería a confiar en el buen juicio de mis primos mayores para sacarme de apuros!!

lunes, 6 de febrero de 2012

Lavando el aire


La primavera de 2010 estuve trabajando con mi colega Marieta en un seguimiento arqueológico de una obra cercana a Zaragoza.  Pasábamos todo el día en el campo, prácticamente viviendo dentro de una furgo que nuestra jefa nos había alquilado.  La única condición que nos exigía era limpiar la carrocería de vez en cuando, y a cambio teníamos total disponibilidad del coche para hacer carreras, trompos, dejarlo atravesado en el barro, colocarnos a base de fumigar moscas con todo cerrado, o atropellar corzos despistados. 
Un viernes cualquiera decidimos lavar la furgo, e innovamos buscando un sitio nuevo para hacerlo.  Elegimos uno de esos carros de autolavado que suelen estar en las afueras de los polígonos.  En concreto, éste se encontraba junto a los grandes ventanales de un concesionario de coches pijos. 
Llegamos al sitio, y estudié a conciencia, como conductora habitual de la furgo, cómo colocar el cacharro dentro del carro.  Este detalle es importante, porque de normal tienes que llevar el coche hasta un tope, y a partir de ese tope la máquina sola mueve el coche hasta los felpudos que hacen las veces de estropajos enjabonados.  Al menos,  así funciona en todo el planeta tierra.  Menos en ese autolavado.
Coloqué el coche en el tope que aparentaba hacer las veces de tope, y mi compañera se bajó para echar las monedas en la máquina.  Automáticamente, observamos estupefactas cómo, a dos metros de distancia, las bobinas empezaban a dar vueltas, a soltar jabón, agua, y aire sin sentido, y allí ningún aparato hacía amago de llevar la furgo hasta esa especie de lavavajillas.  Cinco euros que costó lavar el aire, y cinco minutos de nuestro tiempo que perdimos en observar incrédulas a las bobinas jabonosas en cuestión!  Cuando la máquina terminó, aún estupefactas, nos miramos sin entender nada, y mi compañera dijo, avergonzada: “menos mal que no lo ha visto nadie”…  sólo que sí nos había visto alguien.  Por detrás de su hombro visualicé al momento a un hombre que, desde el escaparate del concesionario, estaba a punto de morir de un ataque de risa después de ver nuestra hazaña.  Ni que decir tiene que en lo que restó de trabajo, evitamos volver a pasar por delante de ese concesionario!  Y esta es la historia de cómo regalar cinco euros al cutre que se había ahorrado instalar el carro para coches en el autolavado.

domingo, 5 de febrero de 2012

Cequinceando en dirección contraria!


La mariada que voy a contar ocurrió una noche de cena cualquiera con mis amiguetas de Luesia.  Sólo que esta vez la quedada era en Zaragoza, en un día áspero del invierno.  Después de cenar por el centro debíamos encontrarnos con la parte masculina de la peña, en la zona universitaria de la ciudad, algo lejos de nuestro restaurante.  Por aquel entonces de todas las amigas sólo yo tenía coche, mi destartalada pero esforzada c15, auto silencioso de hacía veinte años, como se podía leer en una pegatina descolorida que tenía en su portón. 
                Por aquel entonces mi parking particular en Zaragoza eran las inmediaciones de la Plaza de los Sitios, y allí tenía aparcada mi c15 esa noche de cena.  Cerca de la medianoche nos montamos todas en la furgo, conmigo al frente, para acudir donde estaban los chicos esperándonos.  Mis amigas iban todas un poco alocadas, gritando y haciendo el tonto,  y debo admitir que iba más pendiente de ellas que de la conducción…  pero de madrugada por Zaragoza no es que haya mucho tráfico, no?  De repente, la más centrada de mis amigas, Vicky, me grita: pero que esta calle es dirección prohibida!!! Automáticamente todas empezaron a alarmarse, y el  nivel de aullidos dentro de la furgoneta alcanzó máximos históricos mientras yo, como conductora eficiente que soy, evaluaba la situación.  Decidí que se trataba de una calle de un solo carril, corta, y sin mayor trascendencia, por lo que con tranquilidad les acallé diciendo: Tranquilas, que la calle se acaba enseguida. 
Aún hoy sigo sin entender cómo con esa simple frase conseguí que enmudecieran todas de golpe, y tampoco comprenderé nunca que me mirasen como si fuera un gato con tres patas… A fin de cuentas yo tenía razón, y la calle en dirección prohibida se acabó antes de que ningún coche viniera de frenteJ

De cómo subí una montaña y bajé escaldada


Dentro de mi periplo por Baleares, recalé en Ibiza unos días para seguir catalogando arqueologadas.  Una de ellas, la cueva de Ses Fontanelles, se ubicaba en la pared de un acantilado al que se llegaba subiendo y bajando una montaña, con una serie de casas dispersas en su cima, y pinares repartidos por sus laderas, con pistas forestales en mal estado como único acceso.  
Así que un mediodía caluroso de julio dejé mi coche aparcado en la base de la montaña, y me dispuse a subir andando a la montaña para, desde allí, bajar a Ses Fontanelles.  No llevaba ni cinco minutos caminando, con mi bikini y mi camiseta larga como único atuendo, cuando un camión pequeño con material de construcción pasó y paró a mi lado.  El chófer me indicó desde la cabina que la cima de la montaña estaba a más de una hora de caminata cuesta arriba, y se ofreció a acercarme con el camión.  Y, a pesar de las recomendaciones que tooodaaaa la vida oímos de nuestros padres, de nuestros maestros, de nuestros monitores de campamento…  me subí al camión con un conductor que dejaba a la altura del barro a Torrente, y con una cabina repleta de fotos de mujeres desnudas y banderas de España.  Al momento me arrepentí y empecé a inventarme una historia en la que ficticios compañeros mios de trabajo me estaban esperando a una hora concreta a dos kilómetros del lugar, para demostrar que no era una imprudente alocada más a la que raptar y asesinar detrás de un matorral.  El camionero se limitaba a mirarme como si fuera una extraterrestre con  verborrea, y a los quince minutos de viaje me dejó en la cima de la montaña, y se desvió hacia algunas casas dispersas donde debía de estar trabajando.
Todavía algo taquicárdica, pero felicitándome por haber salido ilesa, empecé a caminar hacia un pinar cercano, siguiendo una pista que según el camionero torrentuno debía conducirme a Ses Fontanelles.  No me había alejado mucho cuando pasó un coche a toda velocidad (por esas pistas!!), con cuatro chicos bastante colgados y prácticamente sin ropa dentro.   Frenaron en seco a mi lado, y me preguntaron en medio portugués, medio castellano, si el camino tenía salida.  Pensé rápidamente que lo mejor era decir que no la tenía, para que no tomaran ese camino y así no me dieran problemas…  sólo que su reacción ante mi negativa fue tremenda.  Uno de ellos empezó a gritar a los otros en portugués, se bajó del coche, abrió el maletero y empezó a tirar todo su contenido por la pista, pegando patadas al coche totalmente fuera de sí.  Los demás hicieron amago de largarse con el coche, pero recularon rápidamente, se bajaron, y comenzaron a discutir violentamente entre ellos.  Yo, como buena superviviente, estaba mimetizada con el tronco de un pino sin atreverme a moverme, y a la primera oportunidad me largué caminando lentamente hacia atrás, como hacen los gatos cuando quieren tener al enemigo controlado, y volví a la zona de las casas.
Llegados a ese punto, tenía ya claro que Ibiza era una isla de locos, que ese día no era el mejor de mi vida, y que Ses Fontanelles igual no merecía mucho la pena.  Además, estaba sin cobertura, el mediodía había pasado y ya eran las dos de la tarde, a pleno sol y sin agua, en la cima de una montaña perdida de la mano de dios, con camioneros babosos y portugueses fumados.  Decidí largarme.  
Pero justo entonces ví, en un claro cercano, a un grupo de gente joven atendiendo a un señor, en lo que parecía ser una charla cabal.  Así que me acerqué con la esperanza de que mi indicaran cómo llegar a mi destino, y me ofrecieran algo de consuelo y agua…  pero cuando llegué hasta ellos comencé a sospechar que mi día sólo estaba empeorando…  Era un grupo de unos quince chicos jóvenes, vestidos de negro, que escuchaban atentamente a un señor mayor de barba blanca, todo él vestido de ibicenco, que, con marcado acento extranjero, les hablaba mientras observaba el cielo a través de una regla escolar de plástico barato de treinta centímetros.  Les miré totalmente flipada, sin creer del todo mi mala suerte, pero aún así fui tan incauta como para hablarles…  al principio siguieron mirando al señor de blanco y a la regla como si yo fuera transparente, pero ante mi insistencia uno de ellos se dignó a indicarme que para ir a Ses Fontanelles tenía que ir por el camino donde estaban todavía discutiendo los portugueses.  Le expliqué débilmente que me habían asustado con su bronca, y les pedí si podía quedarme con ellos hasta que los fumados se largaran…  y el tio se rió, y me dijo que no, que con ellos no me podía quedar, y que los otros solo estaban teniendo una discusión pasional sin importancia.  
En ese punto exploté.  Mi móvil no tenía cobertura, no tenía agua, me estaba insolando, y sentía como si en dos horas me hubiera jugado la vida mil veces, primero por imprudencia mia con el Torrente del camión; luego con los pirados pasionales del coche; y por último, encontrándome con una especie de Secta de la Regla de antipáticos personajes….  Me dí la vuelta y comencé a descender la montaña a toda velocidad, intentando mandar sms diciendo mi posición a todos aquellos que conocía que estuvieran en Ibiza en ese momento, por si finalmente ese día era mi día y desaparecía de la faz de la tierra.  Que al menos alguien supiera dónde había estado por última vez!!!
Pero superé la prueba.  Llegué al coche, bebí agua, y me volví a la casa donde me hospedaba esos días con mi prima, y decidí que Nunca Mais!!!  El resto del día lo pasé respondiendo sms de los que habían recibido mi mensaje de auxilio para explicar que sí, que seguía viva;)